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CORONAVIRUS INTERNACIONAL NACIONAL

“Ya no aguanto el encierro ¿Cuándo se va a acabar esto?”

Ciudad de México. Los estragos del Covid-19 han alcanzando también a las personas que viven con algún trastorno mental. Su inestabilidad emocional y cognitiva que regularmente enfrentan debido a su condición, se ha visto aún más perturbada por el obligado encierro y la incertidumbre frente a la actual crisis sanitaria mundial.

Desde quien padece claustrofobia, hasta quien come compulsivamente o alguien que presenta continuos estados de depresión, están enfrentando una doble batalla contra su propio padecimiento y contra la pandemia. Episodios de ira, depresión y/o ansiedad; el terror a estar solos o a contagiarse del virus SARS-Cov-2 y la angustia ante un futuro incierto son sólo algunos de los incidentes que han vivido algunos de ellos.

Hace tres años, Ernesto Galván, quien está por cumplir 65 años de edad, fue diagnosticado con el trastorno esquizo-afectivo. Desde ese instante su vida sufrió una severa alteración. Su larga trayectoria como médico se vio interrumpida, su salario cayó más de 70 por ciento, se volvió un tanto dependiente de cuidados especiales y comenzó a presentar crisis de angustia y depresión. Además, es hipertenso y epiléptico.

Frente a todo ello, tiene tres escapes: sus constantes visitas al grupo del adulto mayor de la iglesia cercana a su casa, al que acude no por motivos religiosos, sino para ser partícipe en convivencias, sesiones para ejercitarse y hasta de bailongo; entablar largas charlas con el dependiente de una farmacia y pararse por horas en la calzada Ignacio Zaragoza, sólo para ver pasar los autobuses de pasajeros. Los que van a Texcoco son los de su mayor interés, ya que lo hacen evocar su infancia, cuando su madre lo llevaba a ese municipio.

Pero desde hace más de cien días, el confinamiento obligado a causa del Covid-19 le ha arrebatado esos efímeros momentos de felicidad, lo que ha agudizado aún más su precaria situación emocional.

“Me siento atrapado. No poder salir me tiene desesperado y triste. En ocasiones experimento que me falta el aire y corro a la puerta, para respirar un poco mejor. Siento que mi enfermedad se agudiza ¿Cuándo se va a acabar esto? El Covid-19 me ha quitado esos momentos de diversión, eso que me hacía sentir vivo”, dice afligido en entrevista con La Jornada.

Vive en un cuarto de tres por tres y cuando el encierro lo tiene ansioso, lo único que le tranquiliza es ponerse a caminar a lo largo del reducido espacio. “MI trastorno me genera mucha depresión, pero con este encierro es mayor. Sólo puedo ver la televisión o leer, pero me aburro. El día que pueda salir de nuevo a caminar estaré muy feliz”.

Los costos y las secuelas

Una investigación reciente del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz” detalla que alrededor de 30 por ciento de la población enfrenta en algún momento de su vida una enfermedad mental. Los costos de una mala salud mental alcanzan cuatro por ciento del Producto Interno Bruto en los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico.

José Luis Díaz Meza, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México, afirma que los trastornos mentales impactan en el proceso cognitivo y afectan dos de las más importantes esferas del individuo: la mental y la comportamental, lo que deja secuelas en lo personal, familiar, social, laboral, económico.

Las rutinas, dice, son pilares fundamentales para apoyarlos, pero éstas se han trastocado a causa del encierro forzoso.

“El ser humano es un animal social. Desde que nacemos requerimos el contacto con otras personas para que todos nuestros sistemas, no sólo el nervioso, crezcan, evolucionen, maduren. El contacto físico es fundamental, pero también el que tenemos con el ambiente, con el ruido, la calle, plantas, animales. El poder identificar y ver los rostros de otras personas nos ayuda a fortalecer la percepción de las emociones. La restricción a causa del encierro genera problemas de ansiedad o fobias, porque dejamos de tener los estímulos del contacto social”.

El especialista advierte que cuando se regrese a la nueva realidad y se restablezca la convivencia social, los estímulos y actitudes tendrán que resignificarse. “Tendremos que cumplir con un distanciamiento social, y símbolos de afecto y fraternidad como los saludos, abrazos o besos en la mejilla tendrán que limitarse. Deberemos generar nuevos patrones conductuales y tomará tiempo asimilarlo, por lo que habrá riesgo de malas interpretaciones, ansiedad, tristeza y enojos. Y para aquellas personas con un trastorno mental los retos en este sentido serán mayores”.

La situación para Diana es diametralmente opuesta a la del doctor Galván. Esta empleada federal de 33 años de edad padece de trastorno de ansiedad social, por lo que interactuar con otras personas le genera temor e inseguridad, impidiéndole llevar una “vida normal”.

Para ella, circunstancias cotidianas son todo un reto. “En ocasiones ni las haces por ese miedo. Todo el tiempo estás con estrés de ser juzgada, que invadan tu espacio o sentirte con vergüenza”.

El encierro ha sido un alivio. “Salir no es ninguna ventaja cuando tienes ansiedad social. Cuando inició la pandemia, sufría demasiado porque veía que la gente no respetaba las medidas sanitarias, como no tocarse o lavarse las manos, y luego se me acercaban. Por eso, me sentó muy bien cuando se decretó que nos quedáramos en casa. Ir al súper y que haya menos personas, que no invadan tu espacio y que se mantengan lejos es una maravilla, también lo es el que nadie quiera saludarte de beso. El encierro me hace sentir más segura y mi mente está más tranquila”.

Los ataques de ansiedad que regularmente sufría al verse obligada a la interacción social se han ido. Vive con su familia y define ese espacio como su zona de seguridad. Aunque el confinamiento la ha llevado a comer demasiado, a extrañar mucho a sus amigas y a volverse “fan” de las compras en línea.

Es la incertidumbre del porvenir lo que le causa angustia. Cuando se va a la cama no logra conciliar el sueño porque muchas interrogantes la agobian.

“¿Cómo será el regreso a la nueva realidad? ¿Cómo será el flujo de personas? ¿Qué cuidados establecerán en la oficina? Si regularmente no me gusta que la gente se me acerque, después de la cuarentena menos lo voy a querer. No me siento preparada, creo que debo aprender a manejar mi paciencia y ser más cuidadosa con la higiene personal. Espero que no surja ningún otro trastorno a partir de esto”.

En las líneas telefónicas de apoyo que la Secretaría de Salud federal ha dispuesto para la atención a problemáticas relacionadas con el Covid-19, entre el 28 de mayo al 4 de junio se recibieron mil 580 llamadas, de las cuales 771 se dieron por malestar emocional relacionado con la pandemia, 574 por otro tipo de situación emocional, 92 por violencia, 66 por discapacidad, 47 por autolesiones y riesgo suicida y 30 por consumo de sustancias.

Gabriela Cámara, presidente honorario de la asociación civil Voz Pro Salud Mental, indica que el encierro obligado ha agravado los síntomas de decenas de personas que tienen un trastorno mental.

“Pasa tanto por el confinamiento como por el miedo a que todos tenemos ante este enemigo invisible que es el virus, del que no sabemos hasta ahora cómo defendernos. Eso aumenta la ansiedad en toda la población y entre quienes tienen algún trastorno, incrementa mucho más”.

Otro elemento que ha agravado la situación de estas personas es que las citas con especialistas, como en el Instituto Nacional de Psiquiatría o el Hospital Psiquiátrico Fray Bernardino Álvarez, se han pospuesto. Si bien muchos pacientes están recibiendo atención vía Internet, no tiene el mismo efecto y una parte importante de las sesiones en persona es que los médicos expiden recetas para tratamientos con fármacos, lo que a distancia se complica, apunta.

Entre los seis y los siete años de edad, Cristina sufrió de abuso sexual. Esto fue el catalizador para que hoy viva con trastorno de depresión y de ansiedad desde hace muchos años. Hasta antes del Covid-19 tenía dos empleos que compaginaba bastante bien: es profesora de la Universidad a Distancia y tatuadora.

La pandemia la puso en jaque. Pudo continuar su labor docente, pero se vio obligada a cerrar su estudio de tatuaje. El dinero comenzó a ser insuficiente y sus emociones se centraban en cómo obtener más ingresos. En medio de la crisis sanitaria, ella y su compañero solicitaron empleo en una aplicación de entregas de comida a domicilio. Esas preocupaciones, sumadas a su condición mental la llevaron al borde del colapso.

“Al principio, los cuadros de ansiedad se presentaban diario. No podía dormir y no dejaba de pensar en cómo iba a generar dinero para los gastos corrientes que tenemos. Ahora, todos los días mi novio y yo nos vamos muy temprano a trabajar (en las entregas), regresamos a casa a la hora de la comida, para no gastar de más en la calle. Después de eso me pongo a trabajar en la Universidad en línea. Ambos nos hacemos cargo de mis papás, que son adultos mayores”, relata.

A partir de la apertura con la llamada “nueva normalidad”, esta chica de 32 años ha retomado sus sesiones de tatuaje, aunque, asegura, “con todas las condiciones de higiene para evitar riesgos”

 Sin embargo, su trastorno la hace enfrentar constantes temores. “Hay veces que quiero salir y despejarme de todo, pero es complicado por la situación. Al principio, y seguramente por los medicamentos que llevaba de control, el encierro no me afecto tanto. El insomnio por ansiedad lo considero normal en mi vida, es por eso que con o sin cuarentena lo tengo, pero desde hace dos semanas tengo una depresión profunda, y me ha afectado en mi día a día. Afortunadamente, la doctora (psiquiatra) me pudo ver el sábado (6 de junio) y confío que con el tratamiento pueda sentirme mejor. Otro de mis pánicos es la posibilidad de contagiar a mis padres”.

 Asegura que no está preparada para regresar a la normalidad. En estos tiempos de pandemia se ha sentido demasiado ansiosa. El que alguien se le acerque “de más” en la calle, ver a personas sin cubreboca y agarradas de la mano le hace sentir una rabia inexplicable.

 Mario tiene 19 años y desde hace tiempo padece lo que él mismo define como una “claustrofobia moderada”. El confinamiento lo tiene ansioso, cansado y deprimido.

Vive en casa de sus padres, en Querétaro, y su hermana mayor –que trabaja en la Ciudad de México— regresó para pasar estos días en familia. Esto, afirma, le ha causado un gran estrés y el sentimiento de sentirse atrapado.

 “A veces quiero salir corriendo. El que haya una persona más en la casa me causa conflicto, me aterra. Es una sensación inexplicable. Cuando llegan los episodios sudo demasiado, mis manos se tensan y tengo la sensación que el corazón se quiere salir de mi pecho, siento que me falta el aire, es como una asfixia. Lo único que me calma es salir a caminar”, apunta.

 No ve la hora para que todo esto termine. “El Covid-19 ha causado mucho daño al mundo. Millones de infectados y muertes, la economía se colapsó, las relaciones sociales se rompieron, las escuelas han parado, todo está en pausa. Quizás lo que me pasa con la cuarentena sea lo de menos, pero para mí es muy angustiante. No tienes idea de lo que es temer a espacios cerrados en medio de una coyuntura que te obliga a vivir encerrado. No he hablado con mis padres ni mi hermana al respecto, no quiero que se preocupen o hacerlos sentir mal, pero de alguna forma tendré que seguir lidiando con esto”.

 Julieta es maestra de música y a sus 24 años padece de trastorno de la conducta alimentaria. “Cuando estoy preocupada, tengo algo pendiente por hacer o me siento evaluada, acudo a la comida sin tener sensación de saciedad. Hago ejercicio diario, llevo una rutina semanal de limpieza de colon con té de hierbas y mantengo un peso estable desde hace tres años”, confía a La Jornada.

 Hasta antes del Covid-19, vivía sola, pero al igual que muchas familias en el país, decidieron pasar juntas la cuarentena. Ahora está en casa de sus padres y la adaptación ha sido todo un reto.

 “Desde la comida disponible en casa, con la alacena llena de comida procesada que guardan porque ‘debemos tener precaución y estar preparados para cualquier cosa’, hasta la rutina y los encuentros para compartir en familia son complejos. Las dificultades más grandes ha sido convivir con personas que amo pero que no entienden lo que yo pienso sobre la comida. Adoro a mis papás pero tienen la concepción de que si comes más, estarás más sano, así que dan porciones grandes, exuberantes quizá, y preparan manjares que hace mucho no solía comer, pues desde hace ocho años vivo sola”.

 En pleno confinamiento por la pandemia, Julieta ha enfrentado los estímulos que le genera la comida y trata de vencerlos día a día.

 A esto sumó la ansiedad por “aprovechar” todo el tiempo posible, por lo que se inscribió a innumerables cursos: clases de danza, gimnasio virtual, tecnologías de la información. Hasta que su madre le hizo ver que también necesitaba un espacio para disfrutar no hacer nada.

 Tampoco se siente preparada para regresar a la futura realidad. “Tengo miedo de salir a la calle, de tener contacto con otras personas. Creo que regresar a esa ‘normalidad’ será volver a empezar. Así como lo hice entre marzo y abril, que tuve que adaptarme de nuevo a vivir con mis padres, tendré que hacerlo de nuevo cuando regrese a la convivencia social y la presencia de la gente en sus trabajos u otros espacios. Siento que no estoy lista, la ansiedad se mantiene pero haré todo lo posible para que ésta no gobierne mis decisiones ni mi vida”.

Fuente: La Jornada